Crítica ‘Joy’: Estrella de la publicidad

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Joy se siente atrapada. Vive con su madre, sus hijos y su exmarido, a los que se le suma la presencia de su padre. Desde niña su gran sueño ha sido la creación, construir. No importa tanto el qué o el cómo, sino aprovechar su don, ya sea para un edificio, una mesa o un simple bolígrafo, pero su situación familiar y económica siempre ha sido un obstáculo y las cuatro paredes de su casa son una prisión para su talento, encerrada por un contexto que no puede manejar.

Sin embargo Jennifer Lawrence no tiene tantos problemas. Las restricciones y limitaciones impuestas no resultan un impedimento para ella. Las cuatro paredes de David O. Russell, llena de constantes cambios de tono y dibujada con pinturas de una calidad cuestionable que van deshaciéndose tanto en el muro como en nuestra memoria, ofrece simplemente otro escenario para que la actriz vuelva a explotar su talento en otra gran actuación. La casa del cineasta, un nuevo trabajo que vuelve a unir a Lawrence y Russell por tercera vez (una colaboración beneficiosa, la primera para lucirse y el segundo para usar a la primera como salvavidas), es agradable a la vista y al oído, no molesta y es ligera. Como un anuncio de teletienda, y como bien señala el personaje de Bradley Cooper, no influye en demasía la cara bonita, ni el maquillaje, ni las luces al vender tu producto, sino lo qué haces con las manos, la forma de mostrar el objeto deseado a la audiencia. Por suerte para ‘Joy’, su estrella televisiva luce bien de cara a la galería y también sabe qué hacer con el material, pues ella es quien lleva el peso de un relato sobre un éxito tan cotidiano como extravagante.

Pero lo cierto es que los demás elementos de este pequeño circo, que va dando tumbos entre la parodia, el drama y la teatralidad, son acertados en su individualidad, aunque no así en la torpeza narrativa de un guion que no sabe qué teclas apretar. Un aspecto que afecta a un desarrollo que avanza a saltos y trompicones, sin mucha claridad, y que deja a una Jennifer Lawrence sola ante las cámaras, dejándonos su actuación más sutil en toda su carrera y siendo, obviamente, el anuncio más destacado de este entretenido, aunque vacuo producto.

Crítica ’99 homes’: Dualidad protestante

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Como un engranaje supeditado a las condiciones sociales que vive actualmente Europa y a la crisis que sufre una buena parte de la sociedad, la historia escrita y dirigida por Ramin Bahrani centrada en Norteamérica resulta de manera bastante obvia extensible a otros lugares del mundo. Un drama social en torno a los tan famosos desahucios (muy conocidos por desgracia aquí en España) que conforma una ferviente demostración de una de las múltiples variantes del descontento social actual, en un relato que sigue a un padre en su intento por recuperar su casa mientras trabaja para el hombre causante de su situación.

Sin demasiadas sutilezas pero con una probada eficacia, el director golpea una y otra vez en la desesperación familiar, en las tenues brisas de esperanza y en la corrupción de un sistema económico basado en lo puramente económico, valga la redundancia. ’99 homes’ pone al descubierto la cara conocida por todos, la de la avaricia y las entrañas de un sistema bancario caduco y beneficioso para los de siempre, a la par que desenmascara la caída y redención del trabajador, la llamada del dinero y el poder. Surte efecto como una potente crítica a la deshumanización de las altas esferas y regodea su visión en las consecuencias familiares, y sin embargo, son las notables interpretaciones de Andrew Garfield y Michael Shannon las que van marcando el interés de una cinta que atrapa y engancha. Habría cabido esperar una resolución más contundente y con los pies en el suelo, acorde al metraje mostrado, pero Bahrani resta impacto a su protagonista y pone mano blanda para una historia que reclamaba un punto y final de mayor realismo.

Desmonta los sinuosos y envenenados caminos del ascenso a la cima y deconstruye la honestidad del hombre para mostrar la cara más necesitada del obrero, una trayectoria de la necesidad real a la avaricia directa y sin concesiones. Al final, ’99 homes’ podría ser perfectamente un alegato en términos cinematográficos de un movimiento como el 15M, una representación aproximada para los políticos y empresarios que no salen a la calle a mirar el mundo en el que viven, donde quizás un acercamiento al séptimo arte, actuando una vez más como expresión del pueblo y voz protestante, les abra un poco los ojos. O no.

Crítica ‘Beasts of No Nation’: Desoladora e irregularmente buena

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No es extraño el temor que empieza a rezumar en las distribuidoras de cine, como tampoco hay que sorprenderse de la bajada de nivel que ha sufrido ‘True Detective’, cuestiones que tienen su origen en un denominador común que no es otro que la próxima televisión del futuro, una renovada y actualizada forma de visionar los productos audiovisuales acorde a los tiempos de la era de Internet y sobre todo, a un director que ha puesto las espadas altas y las expectativas en una vara de medir realmente elevada. Por ello, ‘Beasts of No Nation’ está dando mucho que hablar, pues nos encontramos con la introducción de Netflix en el ámbito cinematográfico por la puerta grande, aún con sus irregularidades, pero suponiendo una forma modélica para empezar en un, hasta ahora, territorio desconocido.

También de la mano, iniciándose en ese camino, ha entrado Cary Joji Fukunaga para contarnos la historia de Agu, un niño africano que se ve obligado a revolcarse en la encarnizada guerra de un país cualquiera y de un conflicto cualquiera, pues aquí no importa ni el qué ni el por qué, y es en el retrato de un chico obligado a adaptarse a circunstancias que por terribles, no deja de ser algo frecuente en una representación de un colectivo. Su director, como ya hacía gala en la primera temporada de la serie detectivesca, narra con brío, brillantez y crudeza una travesía de horrores tratada con belleza, explotando no solo un guion para contar sino la parte meramente visual para transmitir. Unos primorosos 20 minutos iniciales se suman a una serie de escenas que van dejando no destellos, sino centellas de un poderío en las imágenes deslumbrantes, llegando al corazón de lo emocional y confirmando el talento del californiano para exprimir la pantalla. Y a ellas hay que agradecer la salvación de algunos tramos irregulares, que roza peligrosamente con derrumbar el conjunto y se sobrepone a ciertos momentos en el que el foco se desvía a lugares correctos pero equívocos en una historia bélica en el fondo, pero sin ser lo primordial, aspecto que el propio film se olvida en ocasiones. Esa confusión arrastra algunos puntos muertos en exceso largos derivando en una duración demasiado abultada, pero que por suerte no termina por condenarla.

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Y en todo el enmarañado de la selva y su espectacular fotografía, con balas, hachazos y sangre incluida, sobresalen dos figuras: la de un Idris Elba que se come la pantalla cada vez que aparece con un personaje imponente y claras dotes de liderazgo, y la del pequeño Abraham Atta, cuya fascinante interpretación supone una de las grandes sorpresas del año; el primero por brutal, seco e impactante, a la vez que realista y sádico y el segundo por una conmovedora representación, tan difícil como certera y un encuentro del equilibrio prácticamente perfecto entre la sensiblería y la falta carente de emociones, a pesar de un reiterado uso de la voz en off que no siempre funciona como debiera. Es entonces, en la interacción entre estas dos bestias donde el film brilla con más potencia, en la relación que ciertamente podría haber sido más explotada, pero que destila un sobrecogedor torrente de emociones y que bien podría valer unas nominaciones a los Oscar. Entre tanto, Fukunaga maneja con acierto el contraste de situaciones a la par que conjuga el realismo con la parte más lírica de la guerra y sus consecuencias, una experiencia agotadora y francamente potente y desoladora

Finalmente, la reflexión de una película con contundentes críticas hacia la guerra, la hipocresía y la ignorancia premeditada, ademas de diversas cuestiones sobre la esencia de la vida y el propio ser humano; temas tan trascendentes como lo puede ser el producto que nos ocupa y aunque es temprano para saberlo, se empiezan a ver esbozos de lo que es una forma futura de distribución de películas. Ha empezado fuerte y Netflix sabe de su importancia, así como la cadenas distribuidoras, las cuales muchas se han negado a proyectarla en cines. ‘Beasts of No Nation’ es una buena muestra de lo que pueden conseguir las plataformas online, y su ascenso y recepción pueden suponer una brecha en el cine tal y como lo conocemos, si bien ello no supone que termine desapareciendo el formato actual, pero puede haberse abierto un camino más moderno, digitalizado y con claras vistas hacia una remodelación profunda en el panorama cinematográfico. Si se confirma o no o si es para mejor o para peor, solo el tiempo lo dirá, pero quizás la obra de Fukunaga y su equipo no solo sea una excepcional película, sino un punto y aparte en la industria del cine.

Crítica ‘American Ultra’: Explosiva y fallida mezcla

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Durante los últimos años han ido proliferando varios exponentes en cuanto a lo que se refiere a la parodia de los distintos géneros, siendo principalmente este 2015 el de los agentes secretos el que más ha sido explotado, con películas como la aceptable ‘Espías’ de Paul Feig, o la notable ‘Kingsman: Servicio Secreto’, siendo sin duda esta última la más lucida de todas ellas. Ahora, el director Nima Nourizadeh, quien debutó hace tres años con ‘Proyect X’, viene a aportar su contribución dentro de este juego combinando la locura, el aire juvenil y, por supuesto, las misiones encubiertas en una receta con buenos ingredientes pero con un resultado irregular, que termina por ser un producto descafeinado y sin demasiadas cosas a destacar.

‘American Ultra’ cuenta la historia de Mike Howell (Jesse Eisenberg), quien vive junto a su novia Phoebe (Kristen Stewart) en una ciudad monótona y aburrida. Pero todo cambiará cuando una operación secreta del gobierno se ponga en marcha, momento en que la vida de Mike dará un giro radical y su supervivencia sea el único objetivo.

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Que Hollywood tiene desde hace largo tiempo un gran problema con la escasez de ideas no es ninguna novedad a poco que te guste el cine, y es que no es raro ver cantidad de remakes, secuelas y adaptaciones de todo tipo de diferentes fuentes de creatividad que asaltan la cartelera meses tras meses. A ello, y como ya se ha comentado en otras ocasiones, se ha sumado la moda de parodiar todo lo que se ponga por delante, intentando ser innovador y ofrecer algo medianamente original con los mismos elementos de siempre, pero dándole algunas vueltas de tuercas. En este escenario, nos hemos encontrado con propuestas que por lo general nos han dejado con buen sabor de boca, o al menos con la satisfacción de que las cosas se han hecho correctamente. Por desgracia ‘American Ultra’ no consigue entrar en esta categoría, y es que si bien hay que aclarar que no es ni mucho menos un desastre, sí que resulta ser un experimento fallido que no termina de cuajar, siendo demasiado irregular tanto en el tono como en el guion y con un regusto final insatisfactorio.

Porque lo cierto es que el film del director británico funciona medianamente bien a algunos niveles, mientras que en otros no termina de dar la talla en un libreto que es el principal problema, y que no combina ni juega bien con las diferentes piezas del tablero que tiene a su disposición. Es un refrito cargado, voluminoso y con poco sentido común en una trama que no se sostiene en la narración, y no es así porque el film nunca termina de apostar por el desfase de su material, imprimiendo en él un tono serio que no encaja con lo que vemos en la pantalla. Tanto el humor como la acción están acertados (a veces más, a veces menos), pero siempre desde una perspectiva individual y no colectiva, moviéndose bien como un ente propio y fallando en la integración de la cinta. No hay una apuesta clara por el tono y eso termina pasando factura a un trabajo que empieza fuerte y que se va desinflando con el pasar de los minutos, en parte gracias a una estructura algo caótica y a una separación muy clara y definida de sus distintas partes, sin cohesión ni razón entre ellas. Todo ello tiene daños colaterales, repercutiendo en que su metraje que no es excesivamente largo, resulte finalmente algo pesado y carente de interés en su tramo final, en un cóctel lleno de buenas ideas pero con una ejecución que dista mucho de ser la mejor.

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Aún así, hay algunos componentes que salvan al “experimento” de la quema y que merecen ser destacados. La labor en la dirección de Nourizadeh es francamente buena, especialmente en las escenas de acción que recuerdan a las películas de serie B de los años 80, con grandes cantidades de sangre e insuflando un aire nostálgico y muy de novela gráfica que le sienta muy bien al conjunto. En cuanto al reparto, tanto Kristen Stewart como Jesse Eisenberg, que a pesar de haber tenido actuaciones más brillantes, consiguen dotar de solidez a sus personajes así como de cierta vulnerabilidad en sus intenciones, siendo el principal reclamo de la historia y probablemente lo mejor de ella. Además, trata temas con bastante eficacia sobre las identidades, el destino y las relaciones que a nivel dramático encajan correctamente, dotando algo más de trasfondo y de profundidad al asunto. Es una pena que todas estas virtudes no hayan sido aprovechadas para crear un desorden con un hilo narrativo fluido y que apostase más por la parodia en todas sus facetas, quedándose a medio camino en un batiburrillo juvenil insatisfactorio.

En definitiva, nos encontramos con una obra que pasará sin pena y sin gloria. ‘American Ultra’ es una balanza que no encuentra ni el equilibrio ni las formas, en un film tremendamente irregular que no deja clara sus intenciones y que desaprovecha algunas buenas ideas con un guion confuso y con poco atino para unir todos sus elementos. No es una catástrofe, e incluso en algunos tramos resulta bastante entretenida, pero es irremediablemente un producto desechable que no consigue equipararse a sus últimos exponentes.

Crítica ‘The Man from Earth’: Reinventando la historia

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Resulta curioso como en una época dominada por los medios de comunicación y el incesante bombardeo del marketing y la publicidad, pueden todavía encontrar algunas producciones de bajo presupuesto un hueco para ser un éxito y arrasar. No es exactamente el caso de ‘The Man from Earth’, pero sí que encontramos similitudes a una escala menor y todo gracias al método más primitivo que existe, que no es más ni menos que el del boca a boca que llevó a millones de personas en 2007 a disfrutar de una hora y media de una sorprendente e inusual ciencia ficción.

John Oldman, un profesor de universidad, invita a sus amigos a su casa antes de mudarse a otra ciudad, una despedida que se tornara en confesión cuando le revele a sus amistades que no es un hombre cualquiera, sino que es un ser prehistórico con 14000 años de vida.

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Fue en la década de los sesenta cuando la historia empezó a emerger de las manos de Jerome Bixby, que por diversas cuestiones no consiguió terminar de escribirla hasta su lecho de muerte en 1998. Varios años después, el guion de la obra fue trasladado al director Richard Schenkman, quien pudo convertir en realidad el material que le había sido provisto y que sorprendentemente consiguió convertirse, y solo dos semanas después de su estreno, en una película de culto. La entusiasta recepción del público provocó miles y miles de descarga a través de los canales de torrent y las reacciones no se hicieron esperar, algo que el realizador del film agradeció profundamente. Sin duda, un peculiar y largo camino que desembocó en una de las más aclamadas cintas independientes del cine estadounidense y que si bien no es una maravilla, si es un buen film de ciencia ficción que se aleja totalmente de lo que tiene el 90 por ciento de las producciones de este tipo y que por ello realza su valor.

Porque ‘The Man from Earth’ apuesta por el diálogo, por los personajes y cómo no, por el fantástico guion de Bixby. No hay efectos especiales, ni grandes ambientaciones ni nada meramente visual que atraiga nuestra atención de lo primordialmente esencial, que no es otro que el de desarrollar una trama sencilla en apariencia, original y tremendamente magnética. Schenckman traslada con precisión el trabajo del estadounidense, manejando la cámara con soltura e hilando las conversaciones con el tempo adecuado y distribuyendo los puntos muertos con atino. Desde que empieza hasta que acaba, los diálogos toman el control de la trama en un incesante bombardeo de tira y afloja, donde los atónitos invitados (y espectadores) van debatiéndose sobre la credibilidad de un personaje que rompe con todas las leyes de la naturaleza. El fabuloso libreto va avanzando junto a la narración de Oldman, quien va relatando sus experiencias y sus historias desvelando sorpresas mayores a medida que el reloj progresa, llenando las conversaciones de buenas ideas integrándolas notablemente en el devenir del argumento.

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Lo cierto es que pocas cosas pueden resaltarse del contenido físico de la cinta, más allá por supuesto del buen hacer de todo el reparto destacando especialmente a David Lee Smith, quien su actuación dota de fuerza y de la necesaria convicción para que nosotros mismos nos quedemos atrapados en su fascinante e inverosímil relato. Luego, nos encontramos con un conjunto lleno de ideas, creencias y todo tipo de aspectos que abarcan un amplísimo abanico de diferentes materias y que no por casualidad los personajes del film son profesionales en varios ámbitos, desde arqueólogos y biólogos hasta historiadores y religiosos. Como si de una clase de historia se tratase, el primer acto va desglosándose a través de los diversos siglos, realizando saltos hacia delante y hacia atrás en el tiempo evocando con palabras lo que con imágenes no se muestra. A partir de ahí, avanza hacia cuestiones más profundas, realizando reflexiones sobre el ser humano y el relativo paso del tiempo en un asunto de retrospectivas tratadas con mimo, y que enriquece el conjunto con los matices que aportan todo esa diversidad de personajes. Pero donde alcanza su pico es cuando se mete en los territorios más espinosos, y claramente polémicos, en el cual sobresale la religión haciendo acto de presencia y desmontando para volver a reconstruirla de una forma que levantará ampollas entre los devotos.

Al final, resulta todo un cóctel de temas sacados desde la mente y el punto de vista de Bixby, que congenian perfectamente unas con otras en un relato bien estructurado y con un hilo bien construido. Juega bien con los elementos que tiene y, aunque sí es verdad que podría haberse sacado algo más de jugo, explota de forma satisfactoria sus posibilidades. Deshace, rehace, modifica y mantiene algunas partes de la historia más destacadas, arriesgando y dando respuestas valientes en algunos casos, y siendo políticamente correcto en otras, dejando un buen sabor de boca.

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¿Qué nos queda entonces? Una propuesta diferente en el terreno de la ciencia ficción. ‘The Man from Earth’ triunfa sobre las bases de un guion sensacional, siendo los diálogos el pilar central de esta notable cinta, que esconde multitud de detalles y principios, logrando que durante sus 87 minutos nos quedemos atrapados en su relato. Siete personas y una habitación han sido las únicas piezas necesarias para demostrar que todavía queda ingenio en algunas partes, resultando un producto sólido y con unas bienvenidas raciones de historia.

Crítica ‘A cambio de nada’: Naturalizando el drama

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Quien iba a decir que ese actor que tantas veces se paseó por la pantalla en la serie ‘Aquí no hay quien viva’ iba a firmar una ópera prima como la que nos ocupa. Tras dirigir un cortometraje y tentar varias veces la silla del director, Daniel Guzmán por fin cumple uno de sus grandes objetivos con ‘A cambio de nada’, la primera película dirigida por el madrileño que supone un notable logro, llenando de naturalidad situaciones comprometidas y descubriendo a dos jóvenes actores que esperemos, tengan una larga trayectoria por delante.

La cinta cuenta la historia de Darío (Miguel Herrán), un niño de 16 años con multitud de problemas: sus padres están separados, las notas en el colegio no son las mejores y su vida resulta un infierno día tras día. Solo Luismi (Antonio Bachiller), su vecino y amigo incondicional desde pequeño, resulta un respiro en la rutina y un día, cuando su límite ya ha sido sobrepasado, decide escaparse de casa y vivir su propia vida.

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No hay nada más satisfactorio que sentarse a disfrutar de una película por la que no tenías grandes expectativas y contemplar con sumo agrado una refrescante sorpresa. Y si encima es un producto nacional como el presente, el regocijo es mayor. Y es que si bien no estamos ante un gran film, ‘A cambio de nada’ sí es una propuesta sólida y con unos objetivos claramente fijados y conseguidos con éxito. Daniel Guzmán sorprende tras las cámaras relatando varios microcosmos dentro de un macrocosmos, es decir, pequeñas historias dentro de una historia mayor integradas en un guion hábil y llenos de diálogos tan sumamente cotidianos que nos veremos a nosotros mismos en los papeles de los protagonistas.

El director nos lleva a recorrer el mismo camino que su protagonista Darío, centrándose exclusivamente en sus vivencias y a través de ellas, presenciando la rutina de la gente que le rodea. De esta manera y dado el carácter problemático de la figura del protagonista, el film va explorando de manera acertadísima muchísimos temas y de distintas índoles, aunque siempre centrado en el individuo, la sociedad y las distintas generaciones, con especial atención a la adolescencia y las influencias del hábitat en el que sobrevive. Nuestro joven de dieciséis años pasa muchos calvarios y ciertamente, con mucho tópico metido, pero siempre tratado de una manera que es imposible mostrarlo de manera más apegada a la realidad y dándole consistencia. Porque hay una diferencia importante que las separa de otras películas del mismo genero y es que Guzmán no cuenta, sino que muestra. Rodada impecablemente y claramente con vocación humanista, el film no se mete en aguas melancólicas, de amargura o simplemente compasiva, no busca conmover ni representar, solo sigue a su intérprete y nos revela su vida, nos muestra, nos exhibe su rutina y todo los problemas que forman parte de él, en un estupendo ejercicio de puro realismo. Directa, con mil y un matices y sin edulcorantes (lo que contribuye enormemente su casi inexistente composición de melodías), el madrileño consigue con su sencillez llegar al espectador con escasos medios, poniendo al servicio de la obra una amalgama de personalidades tremendamente eficaz.

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Y es precisamente en esas personalidades donde triunfa la historia, apoyadas en unos diálogos rebosantes de espontaneidad e impregnados en la deliciosa corriente de lo mundano. Así, y a pesar de que el reparto y los personajes en general están estupendos, es de justicia destacar a los dos protagonistas que suponen los descubrimientos más sorprendentes del largometraje junto a su director. Miguel Herrán y Antonio Bachiller cargan con sus personajes la mayor parte del metraje y sostienen sobre sus hombros un film complicado de interpretar por su carga dramática y la sutileza y naturalidad de la que tienen que hacer gala, cumpliendo con nota en sus debuts cinematográficos y dejándonos a dos actores españoles a tener en cuenta en el futuro. Otros nombres como Luis Tosar, María Miguel y Felipe Vélez entre otros, completan una plantilla que aporta más diversidad en el relato y unas convincentes actuaciones.

Si bien es cierto que, como ya se ha comentado arriba, la cinta trata de bastantes temas encerrados en distintas figuras, sí hay que realzar por encima de todo el mensaje principal de la narración. Este no es otro que el de otorgarle la importancia necesaria a la figura materna y paterna del hijo, tener una referencia correcta en el que fijarse e imitar y servir de guía a una persona en tiempos de crecimiento. Es crucial para el buen desarrollo del individuo o sino progresará o evolucionará acorde a las leyes de la calle y demás relaciones, haciendo una reflexión sobre las peligrosas influencias que puede suponer sobre un joven las distintas personas con las que interactúa y que, irremediablemente, se irá acercando a ese modelo ya sea para bien o para mal, al igual que el poder de la amistad. Es una mescolanza de tópicos mil veces repetidos, pero desde un prisma más seco y directo que está muy bien tratado e incorporado en el relato.

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En definitiva, nos encontramos ante una de las sorpresas más agradables que nos ha dado el cine español este año. ‘A cambio de nada’ es un buen drama adolescente que nos invita a descubrir y a concienciarnos sobre las difíciles condiciones y los verdaderos conflictos que esconden cantidad de jóvenes problemáticos. Supone un notable debut para su director Daniel Guzmán y un salto a la fama para sus dos jóvenes y debutantes protagonistas, en un film que reduce la linea entre el celuloide y la realidad a un finísimo alambre que maneja las situaciones con una sorprendente destreza.

Crítica ‘El maestro del agua’: Mediocre debut de Russell Crowe

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Son muchos los casos en que un buen actor decide probar suerte detrás de las cámaras y que por desgracia, ese talento interpretativo no se traslada a la dirección. También hay otros que sorprendentemente no son grandes actores, pero demuestran una gran habilidad a la hora de contar historias, como es el caso de Ben Affleck. Lamentablemente, ‘El maestro del agua’ viene a confirmar a Russell Crowe en los del primer tipo, y es que si bien es cierto que esta es su primera experiencia dirigiendo desde atrás, el resultado no invita a ser demasiado optimista respecto a su carrera como director.

Ambientada cuatro años después de la batalla de Galipolli en 1915, en Turquía, la historia narra la búsqueda de Connor (Russell Crowe) un hombre australiano que perdió a sus tres hijos en dicho suceso contra los turcos, y que está decidido a encontrarlos y traerlos de vuelta a casa.

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Con esta premisa inspirada en hechos reales, Crowe intenta regalarnos un drama histórico con tintes de romance que indudablemente posee buenas intenciones… pero nada más. Porque ‘The Water Diviner’ tiene buenas ideas, pero la ejecución en el film no es para nada la mejor, que pretende acercarse al clasicismo de las películas de época y se queda tan corto, que el resultado es difícil de tomárselo en serio. El debut del neozelandés es una ópera prima fallida, llena de altibajos, de constantes subidas y bajadas y que, desgraciadamente, sus puntos más altos no pasan mas allá de lo meramente aceptable. Hay poco salvable en este relato de casi dos horas, en los que muchos momentos rozan peligrosamente el estilo de un telefilm de sobremesa. No hay sorpresas, ni hay fuerza narrativa en un drama demasiado blando, que por momentos aburre y por momentos capta ligeramente nuestra atención, en una irregular narración.

Se notan las ganas y se nota que es su proyecto, pero Crowe no consigue que la historia termine de arrancar y tampoco formar un hilo narrativo que una de forma sólida las distintas partes del conjunto, unas partes que tampoco están lo suficientemente bien desarrolladas. Porque si la dirección del actor no es que sea precisamente una maravilla, el guion tampoco ayuda en absoluto. Hay una sensación de torpeza en todo el desarrollo y de no saber bien como hilar los elementos con los que juega, que termina por sacar al espectador del film. No es un defecto muy pronunciado pero si lo suficiente para que por lo menos, se note levemente, y desconectes de una historia mil veces vista que se ha hecho en bastantes ocasiones y mucho mejor. Aunque si hay algo que no merece el suspenso son precisamente los diálogos, que resultan medianamente interesante y suficientemente atractivos (en general) para que no suponga un desastre. Realmente el guion, aún con sus fallos, no es un hecatombe ni mucho menos, pero sí es demasiado discreto y eso unido a una dirección que no tiene la fuerza necesaria y que no consigue tomar el control de la historia, provoca que el resultado sea algo pobre.

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Es un film que peca de excesiva blandura, que busca descaradamente emocionar y no siempre lo consigue. Solo en determinados momentos logra hacer mella y mayormente se debe a las facultades interpretativas de Crowe que a la construcción de las escenas en sí, que como ya se ha apuntado, adolecen de consistencia y de brío. Ahora bien, teniendo en cuenta que es un debut es justo señalar que sí hay algunos retazos de dirección que vale la pena señalar; escenas como la del pozo, la de la tormenta de arena o la de los hermanos en la guerra están hábilmente dirigidas y rodada con mano firme, y sí consiguen conmover y nos permite observar un poquito del buen hacer del director. El problema es que son tan efímeras estas situaciones que se sienten como pequeñas gotas en el desierto, y no logran impactar lo suficiente para que podamos pasar por alto el resto del metraje. Un metraje donde hay diferentes partes metidas con calzador, como el romance entre nuestro protagonista y la empleada del hotel, que no hacen más que desviar la atención de lo realmente crucial y provoca que el conjunto se tambalee.

Desgraciadamente, aquí no terminan los fallos y es que el neozelandés muestra una falta de capacidad para dirigir a sus actores sorprendentemente acusada. El reparto casi en su totalidad, exceptuando al propio Russell Crowe y quizás a Cem Yilmaz que consiguen salvar sus papeles más por su talento que por otra cosa, se sienten inusualmente alejados de la historia, no hay implicación ni capacidad para meterse en el personaje y si bien no es que sean grandes actores, algunos como Olga Kurylenko o Damon Herriman sí han hecho correctas interpretaciones en sus carrera y que aquí se muestran desdibujados y con pinta de no saber donde se han metido.

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Pero no todo está tan mal. La ambientación así como la vestimenta de la época es medianamente aceptable, sobre todo teniendo en cuenta el bajo presupuesto del film y algunos temas no están mal tratados en el conjunto, haciendo algunas lecturas interesante sobre la dualidad del bien y el mal y su término medio. También hace una critica sobre el papel de la mujer, explora satisfactoriamente (aunque se queda un poco en la superficie) la cultura turca, sus costumbres y sus leyes, y hace una apología en tono reconciliador entre los dos pueblos. Finalmente, hay algunas estampas que sacan partido del país turco dejándonos con algunos bellos personajes gracias a su buena fotografía.

Ahora bien, llegado el momento de hacer balance ¿qué nos queda? Pues nos encontramos con un debut mediocre, en el que claramente las dotes de director de Russell Crowe no son las mejores. ‘El maestro del agua’ es un film blando, irregular y olvidable, con muy pocos aciertos y demasiados fallos que condenan a la producción a la irremediable fosa de óperas primas fallidas. No es un completo desastre, pero es una película que deja mucho que desear y que no tiene nada especialmente destacable para recomendar un visionado, que mas allá de contar con la presencia del oscarizado actor, podría haber ido destinado a las tardes de domingo de las cadenas televisivas.