Crítica ‘Joy’: Estrella de la publicidad

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Joy se siente atrapada. Vive con su madre, sus hijos y su exmarido, a los que se le suma la presencia de su padre. Desde niña su gran sueño ha sido la creación, construir. No importa tanto el qué o el cómo, sino aprovechar su don, ya sea para un edificio, una mesa o un simple bolígrafo, pero su situación familiar y económica siempre ha sido un obstáculo y las cuatro paredes de su casa son una prisión para su talento, encerrada por un contexto que no puede manejar.

Sin embargo Jennifer Lawrence no tiene tantos problemas. Las restricciones y limitaciones impuestas no resultan un impedimento para ella. Las cuatro paredes de David O. Russell, llena de constantes cambios de tono y dibujada con pinturas de una calidad cuestionable que van deshaciéndose tanto en el muro como en nuestra memoria, ofrece simplemente otro escenario para que la actriz vuelva a explotar su talento en otra gran actuación. La casa del cineasta, un nuevo trabajo que vuelve a unir a Lawrence y Russell por tercera vez (una colaboración beneficiosa, la primera para lucirse y el segundo para usar a la primera como salvavidas), es agradable a la vista y al oído, no molesta y es ligera. Como un anuncio de teletienda, y como bien señala el personaje de Bradley Cooper, no influye en demasía la cara bonita, ni el maquillaje, ni las luces al vender tu producto, sino lo qué haces con las manos, la forma de mostrar el objeto deseado a la audiencia. Por suerte para ‘Joy’, su estrella televisiva luce bien de cara a la galería y también sabe qué hacer con el material, pues ella es quien lleva el peso de un relato sobre un éxito tan cotidiano como extravagante.

Pero lo cierto es que los demás elementos de este pequeño circo, que va dando tumbos entre la parodia, el drama y la teatralidad, son acertados en su individualidad, aunque no así en la torpeza narrativa de un guion que no sabe qué teclas apretar. Un aspecto que afecta a un desarrollo que avanza a saltos y trompicones, sin mucha claridad, y que deja a una Jennifer Lawrence sola ante las cámaras, dejándonos su actuación más sutil en toda su carrera y siendo, obviamente, el anuncio más destacado de este entretenido, aunque vacuo producto.

Crítica ‘La red social’: Brillante y fascinante relato

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Desde aquel estreno en 1992 de ‘Alien 3’, la cual fue criticada duramente (aunque la versión del director no estaba nada mal), David Fincher ha demostrado a base de golpes en la mesa que no solo es un buen director sino un gran cineasta que nos ha entregado piezas tan significativas para el cine como ‘Seven’ o ‘El Club de la Lucha’. Es muy probable que ‘La red social’ no entre en ese selecto club, pero sin duda se merece un lugar destacado en su filmografía por conseguir lo que pocos o casi nadie puede hacer: convertir lo ordinario en extraordinario y exprimir una idea destinada a ser carne de documental para brindarnos un brillante relato.

‘The Social Network’ nos narra la historia de Mark Zuckerberg (Jesse Eissenberg), quien una noche allá por el año 2003 se sentó delante de su ordenador, y a partir de una novedosa idea, empezó a crear la red social más conocida y con más usuarios en el mundo: The Facebook.

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A priori uno puede pensar que estamos ante una película-documental al más estilo hollywoodiense sobre el billonario más joven del mundo y en cierto modo lo es, pero lo que finalmente nos terminamos encontrando es con uno de los más claros ejemplos de lo que un buen guionista y un director de primer nivel pueden hacer con un material de base muy normalito. Porque ‘La red social’ no es una revisión de la creación de Facebook en el sentido más estricto de la afirmación, es mucho más profunda y analítica de lo que uno podía esperar y su triunfo se levanta sobre la base de sus protagonistas y sus conflictos. El guionista Aaron Sorkin toma la idea central y la utiliza para expandir y ramificar sus ramas, unas ramas sólidas que atraen toda nuestra atención y que terminan por dar lugar a un drama en toda su magnitud.

Apoyándose en un guion magnífico, lleno de diálogos inteligentes e irónicos y una estructura narrativa formidable, Fincher nos entrega una historia dominada con tensión, brío y nervios con el sello marca de la casa. Es un film redondo en todos los sentidos, posee un ritmo acelerado y preciso que no da tregua en ningún momento, nos engancha, nos mantiene pegados al asiento y no nos suelta hasta que se acaba. Su impresionante montaje nos lleva de la mano a través del relato, combinando con acierto tanto los saltos hacia delante y hacia atrás como los distintos puntos de vista moral de cada uno, permitiéndonos comprender a cada uno de los personajes, sus motivaciones y sus inquietudes. Es un retrato en el que hay cabida para todo tipo de elementos y que disemina y analiza de forma contundente al ser humano en la época de nuestros días, a las nuevas generaciones y al impacto de las redes informáticas. Una fiel y certera visión de lo que supone en la actualidad ser popular, de como nuestros miedos y nuestros celos pueden provocar todo tipo de consecuencias.

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La cinta realiza un análisis mucho más profundo de su aparente apariencia, valga la redundancia, de drama judicial y conflicto entre amigos, que es precisamente la superficie y el éxito de la misma. Una superficie que sin duda está tratada con mimo y desarrollada con aplomo, llevando las emociones al límite con una intensidad loable y una fluida relación que se transforma en un vínculo de amor-odio y de poder a poder. Algo que no se podría haber conseguido sin las primorosas interpretaciones de Jesse Eisenberg y Andrew Garfield, quienes soportan la mayor carga emocional del film con solvencia y brillantez y nos entregan un dúo actoral magnífico, sobre todo en su último tramo, donde se adueñan de sus personajes y dan rienda suelta a su talento. Y el resto del reparto (y de personajes) no se quedan atrás, brindándonos unos secundarios que aportan y enriquecen la trama, destacando especialmente a Justin Timberlake, Armie Hammer y Max Mingella, que completan un plantel a la altura de las circunstancias.

Lo cierto es que estamos ante el film más logrado y con menos fisuras de la filmografía de Fincher. Los incuestionables logros técnicos se funden con un excepcional tratamiento de las partes más sentimentales y subjetivas de la producción, donde la magnífica puesta en escena, la exquisita fotografía y la impecable banda sonora terminan por aupar a una película representativa de nuestra era. ‘La red social’ es todo lo buena que puede ser dentro de sus lógicas limitaciones, exprime cada una de sus potenciales moléculas para sacar lo mejor de ellas y apuesta por la mano ganadora, la mano de un cineasta tocada por el don de la narración y el ritmo.