Crítica ‘The Suicide Squad’ (2021): Una loca y sangrienta aventura dotada del genio de James Gunn

James Gunn ha llegado a DC para ponerlo patas arribas. De la oscuridad que quiso imprimirle Snyder a los personajes más icónicos de la compañía, Warner intentó darle un vuelco trayendo a Joss Whedon para que retocara la Liga de la Justicia que no pudo terminar Zack, debido a la desgraciada tragedia que ocurrió con su hija. Tras todo el revuelo de cortes sin editar, de ir de un lado para otro y de no saber qué tono establecer, el creador de las películas de Guardianes de la Galaxia de Marvel ha venido para hacer lo que a él le gusta hacer: lo que le da la gana.

A modo de secuela/reboot, quedándose con algunos personajes y descartando a otros, Gunn sigue una estructura similar a la Suicide Squad de 2016 pero otorgándole todos y cada uno de sus toques: gamberrismo, tragicomedia, mucha irreverencia y unos personajes que son todo lo que puedes esperar del autor: unos «pringaos» homicidas con sus propias historias personales que se ven envueltos en una misión suicida comandada por la despiadada agente Waller, interpretada de nuevo magníficamente por Viola Davis.

The Suicide Squad es colorismo, locura y sobre todo mucha diversión. Y todo eso en un contexto enmarcado por la oscuridad de DC con grandes pinceladas del estilo y las claves visuales del director que ya usó en Guardianes, y algunas nuevas que le sientan de maravilla. Mucho del «humor Gunn» está presente y en la mayoría de los casos funciona bastante bien. Y, por supuesto, nos encontramos con muchas muertes locas como cabría esperar. La película hace honor a su título y muchos de los personajes que comienzan en la aventura se van quedando por el camino; algunos incluso en los primeros minutos del film.

James Gunn trae savia nueva y fresca para revitalizar un universo que iba caminando como un zombie viviente y le proporciona energía extra para darle una nueva vida y un nuevo camino. The Suicide Squad es el ejemplo de que pueden caber muchos tonos diferentes dentro del mundo DC sin perder la esencia trágica de algunos personajes y el tono más macarra y sombrío de sus historias. Superior a cualquiera de las dos Guardianes, Gunn acierta en fondo y forma, proporcionándole a sus personajes objetivos concretos, subtramas personales y una historia mayor que engloba a todos. Y con ello, todo el arsenal imaginativo, extravagante y delirante de una mente dotada de genialidad.

The Suicide Squad es puro Gunn y con las dosis justas y necesarias. Y eso, amigos míos, es el mejor halago que se le podría hacer a la película.

Crítica ‘The Matrix Resurrections’: Entre la lucidez y la parodia

‘The Matrix Resurrections’ ha dado que hablar. No sólo por ser la vuelta de una saga tan icónica como Matrix al panorama actual y volver casi 20 años después de su última entrega, sino porque ha dividido tanto a fans como a la crítica especializada de una forma pocas veces vistas.

¿Y qué es lo que nos encontramos en esta cuarta entrega de la franquicia? Lo primero y más importante es que estamos ante una historia de amor. Aquí, la cuarta secuela de Matrix (así como todas las demás películas, en realidad) gira en torno a la relación de Neo y Trinity. Ese es el punto central y sobre la que se construye este nuevo capítulo dentro de la historia. Y en ella, vemos que se construye con muchos elementos distintos que han sido el punto de discordia entre el público y la crítica.

Por un lado, la primera parte de la película juega a ser tan meta como no podrías haber imaginado. Las referencias, las reflexiones de la propia Lana Wachowski sobre la saga y el propio dilema de las expectativas de los fans sobre ella son constantes en la primera mitad de la película. Hay espacio para hablar del legado de Matrix, para hablar de las dudas de su directora e incluso para criticar a la industria con su modelo de remakes, secuelas y recuperación de antiguas franquicias. Todo esto crea situaciones totalmente hilarantes que uno no espera ver en una película de Matrix, pero que aporta un soplo de aire fresco a la saga. Y aquí, Lana se la ha jugado y ha arriesgado porque en ocasiones roza muy de cerca la autoparodia, pero que por suerte se queda en el límite. Algunos lo verán como una ofensa y otros se lo tomarán con humor. Esta parte es crucial para saber si te va a gustar lo que te vas a encontrar o no.

Y por otra parte, su segunda mitad es la esencia de Matrix en estado puro. Tiene todo lo que esperas de ella y continúa allí donde lo dejó «Revolutions», la tercera entrega de la franquicia. Conocemos que pasó después del sacrificio de Neo y volvemos a ver elementos del pasado que hicieron popular a la saga: acción, coreografías, la «guerra» con las máquinas y las decisiones determinantes. Pero la mayor parte de ello está peor elaborado que lo visto en las películas anteriores. Los secundarios, a excepción de una magnífica Jessica Henwick, no son tan interesantes ni tienen el carisma que tenían sus predecesores; las coreografías de acción son más planas y más insulsas, así como la forma de rodarlas. Mientras que en la trilogía original había una danza que la cámara seguía con virtuosismo, aquí nos encontramos con demasiados cortes, quitando claridad a las peleas que se dan y sin la chispa de antaño. De hecho, hay momentos que rozan la cutrez en las set pieces de acción.

Eso sí, la película mejora en su tramo final (aunque sin llegar a los niveles del legado que tiene detrás) y termina justo cuando empieza a ponerse más interesante. Pero en conjunto, ‘The Matrix Resurrections’ es una secuela correcta, que dependiendo del grado de adoración que le tengas a la trilogía original, te gustará más o menos. Es una secuela que puede hacerse rara hasta que te acostumbras a su tono, pero que cumple y que es entretenida, sin más. No llega al nivel de sus predecesoras pero creo que tampoco es lo que pretendía Lana Wachowski. El enfoque es diferente, juega con la nostalgia y la critica con inteligencia, y se pierde igualmente la trascendencia con la que se trataba el material original para apostar por un tono más ligero y desenfadado, enfocado en un objetivo más concreto. Mucho meta y mucho de Neo y Trinity para una cinta de acción algo decepcionante en algunos aspectos, pero que tampoco es el desastre que muchos ventilan a los cuatro vientos.

Ya la opción queda en tus manos, si entrar en el juego que propone su directora o no. Elegir entre la pastilla azul, quedarse con el recuerdo de las originales, o la pastilla roja, y aceptar con la mente abierta esta nueva propuesta. La decisión, como no podía ser de otra forma, es tuya.

Crítica ‘Sound of Metal’: La naturalidad de los problemas

Sound of Metal nos cuenta la historia de Ruben, un baterista de una banda de heavy metal, que empieza a perder audición hasta un punto casi total y que buscará desesperadamente darle la vuelta a su situación.

Sound of Metal es la nueva película original de Prime Video, que nos llega de la mano del debutante Darius Marder y que, por ello, resulta sorprendente el resultado del relato que nos ofrece. Aquí, nos hallamos ante una experiencia sensorial inusual, a menudo hipnótica, a veces calmada y, en otras ocasiones, desgarradora. La historia de Ruben, interpretado por un magnifico Riz Ahmed, está llena de baches y de piedras en el camino, pero también es un bonito y para nada edulcorado viaje de aceptación. Y hablamos de aceptación no solo de la enfermedad de la que adolece nuestro protagonista, sino también de tantos y tantos problemas que van apareciendo en el viaje. La ansiedad, la potenciación del colectivo humano, la soledad, la salvación, la consecuencias de las decisiones, la actitud frente a un desafío (que no problema)… Es conmovedora sin entrar en ningún momento en aires de grandeza y compleja en su sencillez ante lo que nos muestra. La naturalidad con la que Marder cuenta la historia, con el añadido de un uso espectacular del sonido, del silencio y de muchos de los trucos de los que se sirve para meternos en la piel y los oídos del protagonista, es uno de los puntos fuertes de este maravilloso camino. Teniendo a Ruben como epicentro, aborda la enfermedad y sus consecuencias en su círculo externo, y nos deja una mezcla de optimismo ante la revelaciones del ser humano, que aprende a superar etapas y que recalca que lo que hay delante es lo que cuenta. Porque incluso en los abismos, podemos crear espacios de luz.

Un realista recordatorio de que la vida puede ser maravillosa desde muchos puntos de vista diferentes y una notable y brillante película que, probablemente, estará en las quinielas de los Oscar, gracias a un Riz Ahmed excelso y una dirección y tratamiento de la historia, que hace ilusionarnos con la carrera de su debutante director.

Crítica de ‘Normal People’: De vidas normales y vidas complicadas

Al momento de empezar a escribir estas líneas, he de admitir que todavía estoy procesando lo que he visto. Y no, no os preocupéis queridos lectores, no es que sea una historia complejísima de líos, giros u otros asuntos que os pueda llevar a la confusión, a pesar de que algo de eso hay. Mas bien diría que estoy todavía en proceso de interiorizar el impacto que ha causado en mí, porque estos son de las viajes que resuenan, de aquellos que tienen eco en lo más profundo de uno y te remueven.

Y ya era hora, que en un mercado tan saturado como el juvenil, se adaptara una novela que por fin trata de una manera adulta lo que es ser joven. Sus problemas, sus preocupaciones, su concilio con la vida social y y su crecimiento personal, lo exigente que es cumplir los estándares, sus expectativas y toda una etapa de prejuicios con los que deben combatir. Y lo hace desde una mirada pequeña, una mirada que se te clava en sus dos protagonistas, sus anhelos, sus contradicciones, sus problemas y sus discusiones, junto a sus propias guerras internas. Es grande y a la vez es pequeña, y sobre todo, es profundamente íntima. Llena de matices y vaivenes, hay sitio para todo: sexo, complicidad, conexión, ansiedad, depresión, sueños, esperanzas… y al final, te ves reflejado en todos sus miedos e inseguridades y te toca, y te das cuenta de que no estás ante una serie adolescente más. Es otra cosa, más compleja, más cruda, más acertada.

Y como toda serie de adolescente, tiene su pareja fundamental para sus cimientos. Tanto amor como dolor lleva, Marianne es única y especial. Se entrega apasionadamente, dice lo que piensa, sufre, lleva su soledad por dentro, y te embiste, te choca y te retuerce. Complicada, honesta y desafiante… Y con miles de problemas. Y en la otra parte Conwell, alimentando su mundo interior entre libros, tímido, popular, atemorizado y atrapado por las cadenas de su circulo interno. En ellos dos, en sus cruces y las vueltas de la vida va girando una sensación que te oprime y te asfixia, un dolor que se instaura en tu pecho como si fueras parte de la relación de sus protagonistas. Porque no los entiendes, al igual que tú tampoco te entendías a esa edad; las dudas fluyen a través de sus silencios y la inseguridad se refleja en sus rostros haciendo mella en cada una de sus decisiones. Tan impredecibles como la vida misma, y, a pesar de todo, con un imán que los vuelve a unir y otra vez, un magnetismo que todo lo revuelve y todo lo desordena.

Porque no es fácil crecer, como no es fácil encontrar armonía en el caos y probablemente, convertirse en adulto es uno de los caos más desafiantes en la vida, pero Normal People lo refleja con una intensidad que asusta, con una incertidumbre que te atraviesa por lo certera que resulta y unos problemas que dejan heridas con las que lidiar durante el resto de sus días. Personajes que representan a una generación obviada y casi deslegitimizada de sus problemas, que es minusvalorada porque ahora lo tienen más «fácil» y que en ocasiones, es reducida por sus mayores a jóvenes que «se ahogan por todo» y que no han tenido que enfrentarse a la vida que ellos vivieron. Quizás sea un buen momento para esas generaciones adultas, poner las miras en perspectiva e intentar comprender que los desafíos de esta juventud no solo es el mundo que se les presenta (que también), sino confrontar con sus propias luchas internas mientras se intentan mantener a la altura de cientos de exigencias. Porque si antes había un enfoque orientado a servir y a cumplir con el trabajo y unos mínimos (trabajo, familia, dinero…), ahora el reto es llegar a la felicidad mediante la realización personal, y sentir una plenitud que antes puede que se obviara en la educación de los hijos debido a las circunstancias en las que se movían. Y es que no es casualidad que cada vez un mayor número de nuestros jóvenes sufran más problemas de ansiedad y depresión que antes. Visto así, puede que las exigencias sean aún mayores.

De lo que no hay duda es que esos son los conflictos que te marcan de por vida, los que te definen, los que van marcando el rumbo de una vida llena de desequilibrios y bandazos. Marianne y Conwell trazan sus caminos turbulentos intentando cruzarse con el del otro, intentando mantenerse en pie ante las cargas de su mochila; y al igual que nuestros compañeros de viajes, Normal People deja huella en un mercado saturado por series de adolescentes llena de tópicos o tratadas con superficialidad. Lo estupendamente dirigida, las actuaciones a la altura que nos descubre a sus dos protagonistas y un guion preciso que sabe dar en el clavo sin aspavientos, dejando a los dialogos y los silencios respirar, redondea una historia sin personajes fuera de lo normal, simplemente como cualquiera de nosotros.

La serie, basada en el aclamado libro de Sally Rooney, viene a cubrir un terreno más maduro sobre la juventud, que sale victoriosa en su tacto frío y realista, y en la intensidad de su retrato, llevándonos a experimentar la crudeza de una etapa tan difícil de explicar como de vivir.

Y es que, convertirse en adulto, no es tarea fácil.

Reanalizando ‘Beasts of no Nations’: Desde la mirada de la inocencia

Si tuviera que elegir una palabra para definir a Beasts of no Nation, seguramente escogería el término desgarrador. O desgarradora, en este caso. El film de Fukunaga no es más que un viaje a las entrañas de la guerra, una vista desde el interior de un monstruo que parece que hemos olvidado simplemente porque no nos afecta, pero que sigue ahí, en otra parte del mundo, y que para más inri se nos es contada desde la perspectiva de un niño. Toda la brutalidad de un conflicto de estas características, lo inhumano de las situaciones, la violencia, la sangre, los abusos (sean del tipo que sean), la explotación, las infancias destruidas de miles de niños y la perversión del lado oscuro del ser humano, son representadas aquí de una manera seca, directa, y sin florituras. No se recrea más de lo necesario pero tampoco se corta en mostrar lo que ha venido a enseñar. Llega un punto en el que todo lo que tienes en el estómago se empieza a revolver; la esperanza, que tenemos como herramienta de supervivencia, empieza a irse con Agu en el transcurso de su historia y nuestra voluntad de sobreponernos a las circunstancias empieza a dudar de sí misma. La visceralidad de las escenas choca una y otra vez, se nos restriega, se nos impregna, y en el fondo, queda una extraña belleza difícil de comprender, algo complicada de explicar. El director extrae una belleza y una armonía de lo más miserable del ser humano y de una de las letanías más trágicas posibles. Queda, al fin y al cabo, una cierta hermosura en las imágenes, una poesía visual de la mano de Fukunaga, que pinta el lienzo de una peculiar melancolía. Y al final del trayecto, se abren nuevas posibilidades, nuevos destinos, pero la huella que ha dejado lo recorrido, lo vivido, lo pisado, se mantiene en nosotros como la inmortalización del surco de una bestia, que nos acechará para siempre en nuestros momentos más lúgubres. No hay vuelta atrás para el pequeño Agu y tampoco para nosotros.

Y es que esta imperfecta pero brillante película, que en ciertos tramos amenaza con regodearse en demasía en su propia agonía, es una exposición del horror que puede alcanzar las acciones del hombre y de cómo su naturaleza puede acabar con sus propias libertades y derechos; los cuales, numerosos de ellos, son vulnerados una y otra vez a lo largo del relato, desde los más básicos y esenciales como el derecho a la dignidad de las personas, hasta algunos tan primordiales como el derecho a la propiedad privada. Y es que, básicamente, si leyéramos la Declaración de los Derechos Humanos, veríamos que en este film se incumplen casi todos y cada uno de los artículos refrendados. Es, entonces, toda una denuncia a las indignas, lamentables y humillantes condiciones que hoy todavía se dan en muchos países tercermundistas que, aunque no queramos y aunque algunos intenten tapar malintencionadamente, existen.

Beasts of no Nation es una película de altísimo nivel, deslumbrante visualmente, con una fotografía excelente y unas actuaciones imperiales de Idris Elba y Abraham Atta, que aún con su excesiva duración y ciertos momentos engorrosos, mantiene el listón en alto durante buena parte de su metraje. Tan apabullante como agotadora, Cary Fukunaga guía con mano firme la historia de Agu, que te dejará con el corazón en un puño y con el peso en el estómago de una sensación devastadora, de una serie de horrores de una travesía que intentarás no volver a evocar. 

Definitivamente, muy recomendable.

Crítica ‘Vengadores: Infinity War’: El inicio del fin

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Tras diez años de idas y venidas, 18 películas y un sinfín de aventuras, Marvel empieza a echar el cierre a una etapa gloriosa, una en la cual nombres como Iron Man, Thor o Capitán América se han instalado en la memoria cultural de toda una generación que, hasta el momento, lo único que le sonaba del panorama superheroico era Batman, Superman y Spider-Man. Y no ha sido tarea fácil; ir captando el interés de la gente película tras película y con tantas horas a la espalda no es un logro para nada menor. Y ahora, se empiezan a rendir cuentas de una macro-historia que llega a su punto culmen con Thanos, el titan intergaláctico que amenaza con reducir a polvo a la mitad del universo.

Y así Infinity War se nos presenta ni más ni menos como lo que es: un clímax total de dos horas y media, con un constante bombardeo de batallas, de conflictos y de interacciones que todo fan de Marvel deseaba encontrar y que aquí, los Russo entregan de manera eficiente pero que sin embargo, le falta un punto de personalidad y/o un enfoque diferente a la hora de rodar la película. Como ya demostraron estos dos directores en la estupenda «El soldado de invierno» y en la no menos notable «Civil War», el thriller es un género que se le dan fantásticamente bien. La tensión, los momentos que preceden a la calma, el pulso vertiginoso de las escenas de acción,… todo milimétricamente diseñado y ejecutado a la perfección. Tan perfecto que en ocasiones se vuelve frío. Y en esas sensaciones calzan perfectamente secuencias como la presentación de Thanos, el destino que le depara a Loki, o aquella en la que Iron Man y Doctor Strange salen del Sanctorum confundidos por lo que está ocurriendo. Pero en ninguna más.

Y ahí radica el problema de una cinta en la que las cosas que pasan deberían ser divertidas pero que, quitando los primeros 45 minutos, se le empieza a ver las costuras. Porque los Russo se han encorsetado en un tipo de películas y no han sido capaces de salir de ese molde. Las peleas multitudinarias acaparan el 75% de la película, pero no hay energía, no hay fuerza en ellas. Los hermanos ponen el piloto automático y una capa de frialdad recorre y engulle a todas las escenas, que se encuentran carentes de pulso, de emoción. Ves pasar a los héroes luchando uno tras otro como quien mira a las hojas moverse por el viento y una sensación impostada de tensión divaga en el ambiente. Hay una tan clara idea e intención de establecer un clímax que se olvidan de lo mas importante: insuflar vida y ánimo a una dirección sin vitalidad.

Y el guion, aunque coloca medianamente bien las situaciones iniciales, se desfonda en su acto intermedio. No consigue ser una constante hacia el acto final, cuyo camino se forja de bajadas y subidas y de intentar conectar a los diferentes personajes. Esta Vengadores se va sosteniendo por la reunión de superhéroes que se produce, por un Thanos imponente y por golpes de efecto que se van acumulando (acompañados magistralmente por la BSO de Alan Silvestri). Pero habría que recordar que los clímax no se crean de la nada y de situaciones aisladas, sino que se construyen elevando la tensión, subiendo progresivamente las pulsaciones, siendo solido y constante; e igualmente, señalar que apelar a la sensación de épica no es lo mismo que transmitir épica (solo hay que comparar la entrada de Thor con el sí excelente clímax de Endgame).

Al final, todo lo adrenalítica e intensa que debería ser Infinity War por los hechos expuestos, no lo es tanto debido a que no transmite nada (o mas bien, no transmite lo que debería transmitir), y que solo gracias a que hay varias escenas dramáticas que, por lo que suponen para los personajes y el relato, terminan siendo de un gran calado, el resto es un fallido intento de hacer un clímax larguísimo que finalmente se convierte en anticlimático. Todas las grandes set pieces que hay y que deberían engancharte de la tensión, lo único que producen es indiferencia y si bien, en un primer visionado la película aguanta muy bien el tipo debido a los grandes momentos y sorpresas que ocurren (más por gracia del guion que por otra cosa), los posteriores visionados no resisten cuando todos los giros son ya conocidos y el factor sorpresa desaparece.

Así que en definitiva, nos encontramos con unos cuantos momentos memorables, un potencial desperdiciado y mucha personalidad perdida en el camino. Parece estar más interesada en llegar hasta ese fantástico final, que en darle una estructura adecuada y el peso necesario a cada tiempo de la historia. Lo que tendría que haber sido algo más parecido, por contexto, al Retorno del Rey, se parece finalmente más a Civil War. ¿Es algo malo? No necesariamente, porque Civil War sigue siendo una buena película e Infinity War lo es, pero quizás con otros directores que hubieran propuesto un tono más adecuado para lo que era esta gran catarsis, hubiera sido mucho más gratificante.

Eso, o que aquí un servidor ha perdido el interés en este mastodonte superheroico creado por Marvel y por tanto, no es capaz de hacer otra cosa que mirar con aburrimiento el desfile de secuencias que hemos visto más de mil veces.

Crítica ‘Guardianes de la Galaxia Vol.2’: Una aventurilla espacial de paso

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Son los más gamberros, los más cucos y los más exitosos. Los Guardianes de la Galaxia se presentaron hace unos años como el éxito más inesperado de Marvel, conquistando a medio mundo (no tanto a un servidor) y que regresan ahora con una aventura a que, dejando de lado gustos meramente personales, es mucho más autocomplaciente, menos cohesionada y más recargada tanto de las virtudes como de los defectos de la primera.

Porque si aquella cinta era simple en sus pretensiones, lo cierto es que para toda persona que consiguiera encajar con su humor blanco, cínico en ocasiones y algo tontorrón (lo cual no viene mal de vez en cuando) encontraba una película competente con una historia sencilla aunque llena de clichés. Sin embargo aquí han intentado repetir las fórmulas que habían engatusado al público, pero sin tener una historia, un guion y un esquema que sustenten de base a toda la parafernalia propia de estas producciones y dando lugar, por tanto, a un peor producto en todas sus líneas.

Así, nos encontramos con una cinta que basa sus cartas en sus carismáticos personajes, que en esta ocasión quedan a meras comparsas de idas y venidas sin un rumbo fijo, y en algún caso sangrante como el de Drax, desdibujado y despojado de toda la carga dramática que arrastraba de la anterior aventura. Aquí James Gunn apela a lo emocional por la vía fácil: giros de guion lacrimógenos, un Baby Groot entre lo adorable y lo intrascendente (un poquito cargante entre medias), chistes por doquier y escenas visuales a una escala mayor y más coloridas aún si caben. Y en el fondo, nada. Una cuenca vacía meramente intrascendente que realmente no tiene ninguna historia que contar y cuyo arco central con Peter Quill y su padre, un Kurt Russell siendo Kurt Russell (por lo que cumple), se antoja común y cliché, aunque en ultima instancia efectivo.

A pesar de ello, Guardianes de la Galaxia Vol. 2 tiene momentos realmente divertidos que superan a los mejores momentos de su primera parte y que la hacen disfrutable. Es una pena que sean simplemente unas pocas estrellas en un cielo con nubes que se evaporarán con facilidad, y que aún con la locura febril y la pasión que demuestra Gunn por un mundo que realmente adora, se quede simplemente en una aventurilla entretenida y de paso, desperdiciando su campo de juego en una terrible nadería que avanza mínimamente ciertos aspectos emocionales de algún que otro personaje.

Pero, por desgracia, dos horas daban para más. Mucho más.

Crítica ‘La Cumbre Escarlata’: Elegancia inocua

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El síndrome de Tarantino, o dicho de otro modo, el gusto excesivo por sí mismo. De sobras es conocido el enorme talento de Guillermo Del Toro, por entre otras cosas, el fantástico diseño tanto artístico como visual del que hace gala en todas y cada una de sus películas. También es distintivo ese estilo a caballo entre lo fantástico y grotesco, un sello inconfundible, de autor y que lo destaca como uno de los directores con mayor personalidad dentro del gremio (ni que hablar entre los hablantes hispanos).

Su nuevo trabajo, ‘La Cumbre Escarlata’, no solo no olvida ninguna de dichas virtudes sino que las potencia hasta límites que solo el mexicano puede conseguir, y que la convierte en una protagonista más de este espectacular despliegue de talento, deslumbrante y artificial a partes iguales, en un intento de recuperar una narración y un tipo de historia que hace mucho que no se ve por el panorama cinematográfico actual. Sin embargo, toda esa espléndida recreación gótica-romántica (siempre y cuando hagamos caso omiso al horrible diseño de los fantasmas) no ha sido trasladada a un guion que no se encuentra nunca a la altura, ni de su director ni del resto de valores que posee la cinta.

A modo de cuento de casas encantadas y espectros varios, la narración clásica propuesta aquí nos lleva a través de una vacía, lujosa y elegante producción, donde la previsibilidad de una historia mil veces manida y muchísimo mejor contada, nos presenta a unos personajes esclavos de un libreto que maneja con una inesperada torpeza las figuras con las que juega. Porque a pesar de los esfuerzos del trío protagonista, siendo Jessica Chastain la única que consigue sobreponerse a la infructuosa palabrería , hay una clara falta de desarrollo y de bruscos cambios en las relaciones interpersonales, que se hacen notablemente marcadas cuando se encuentran con una trama a la que le sobran varias incoherencias.

Y no es que sea en sí mismo un problema (la mayoría de producciones actuales vienen bastante llenas de incoherencias), pero son tan grandes y hay tantos elementos que fallan respecto a todo aquello relacionado con el guion, que resulta difícil pasarlo por alto. Ello, no omite el moderado entretenimiento que ofrece, impulsado sobre todo por el ya mencionado diseño artístico y la buena dirección de Del Toro, que intenta con cierto éxito distraer a los ojos para desconectar el cerebro. Pena, por supuesto, que una película con todos estos valores falle justamente en lo que no puede fallar, en el guion, y más viniendo de un cineasta como el presente que apuesta la mayor parte de sus cartas a lo meramente visual.

‘La Cumbre Escarlata’ no es un fracaso absoluto, pero sí es una ligera decepción que no aprovecha la oportunidad para recuperar la magia de los cuentos clásicos de terror y devolverle el brillo de antaño. El mexicano se gusta y nos gusta, pero descuida aspectos que deberían ser el eje de la construcción y que se queda como el pilar más endeble de una mansión majestuosa, vacua e inconsistente. Esperemos que solo sea un bache en el camino, una desafortunada parada de fantasmas y promesas que no terminan de cumplirse. Unos pasos atrás para coger impulso.

Crítica ‘The Hateful Eight’: Un revólver escaso de balas

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Decía Quentin Tarantino que tiene como objetivo realizar tres westerns antes de retirarse. El primero fue Django Desencadenado, un notable entretenimiento de temas raciales, sangre y violencia con el sello inconfundible del director. El segundo viene de la mano de ocho personajes tan odiosos como interesantemente ricos, en un compendio de actores que van desde Samuel L. Jackson, Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh o Tim Roth, entre otros veteranos y reconocidos intérpretes.

Tarantino, desde aquella ópera prima que lo encumbró en lo más alto con Reservoir Dogs, ha dejado patente en cada una de sus creaciones su estilo personal, por lo que esta vez no ha sido la excepción y, sorprendentemente, tampoco se ha comido mucho la cabeza: el planteamiento inicial de aquella ha sido trasladado al contexto del viejo oeste, y con el punto de mira en Agatha Christie ha hecho un revuelto bastante apetecible de todos estos elementos, cocinado a un fuego lento por el don de su cocinero. Situada años despues de la Guerra de Secesión en Estados Unidos, una serie de variopintos personajes terminan aislados en la Mercería de Minnie, atrapados por una tormenta y condenados a entenderse para sobrellevar la situación. Pronto, empezarán a sospechar que quizás no lleguen a sus destinos como habían previsto…

Lo primero que ha de aclararse que de western tiene simple y llanamente la ambientación y el contexto, puesto que los personajes y la interacción entre ellos en el tenso cuchillo que maneja el cineasta es el centro de The Hateful Eight. Un popurrí de intriga y misterio con cada una de sus manías y virtudes conocidas por todos: explosivos gags, ironía, humor negro y una desmesura por la sangre que vuelve (como ya le pasó en Django) a estallar en su tercer acto. Sin embargo, en comparación con sus últimos trabajos, todo resulta serio, deliciosamente serio cabría añadir y bastante más contenido de lo habitual, faceta que viene a confirmar una madurez en la dirección que tiene su muestra más palpable en sus casi 3 horas de metraje.

No obstante, hay algo que flojea y bastante, y por desgracia no es la primera vez que vuelven a acusarse estos síntomas. A Tarantino le han faltado balas en el revólver. Los chispeantes diálogos siguen presentes (brutal y brillante la peorata de Samuel L. Jackson en otro personaje inolvidable) y las raciones esperadas por los fans satisfacen de sobra el hambre, pero se presenta un pero importante. Porque más allá de sus constantes y excesivamente largos puntos muertos que sufre la primera mitad de la cinta, el mayor pecado de un director de su nivel es no tener una idea impulsora, un concepto que lleve a la creación de un trabajo para contar algo más que una historia y desafortunadamente esa bala no ha sido disparada. El talento es indiscutible y su mano para los actores sigue intacto, pero Quentin parece empeñado desde ya hace varios años en centrarse en su disfrute personal, y hay tanta maestría en él que nos hace disfrutar también a nosotros. Aún así, debería ir pensando en poner todo ese trabajo al servicio de una idea que realmente valga la pena, encontrar un fundamento que aporte un verdadero sentido a un relato que no presta mucho atención a los elementos que le rodea.

Es una buena película sin duda, con un puñado de secuencias magistrales y otras tantas de exagerada duración que no llevan a ningún lado, acompañada junto a la sensacional banda sonora de Ennio Morricone, pero señor Tarantino, no estaría mal que la próxima vez no realice por realizar una «de pistoleros», pues parece que la fabricación de Los odiosos ocho haya sido exclusivamente por y para su persona, un majestuoso revólver descargado y fútil.

Crítica ‘Joy’: Estrella de la publicidad

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Joy se siente atrapada. Vive con su madre, sus hijos y su exmarido, a los que se le suma la presencia de su padre. Desde niña su gran sueño ha sido la creación, construir. No importa tanto el qué o el cómo, sino aprovechar su don, ya sea para un edificio, una mesa o un simple bolígrafo, pero su situación familiar y económica siempre ha sido un obstáculo y las cuatro paredes de su casa son una prisión para su talento, encerrada por un contexto que no puede manejar.

Sin embargo Jennifer Lawrence no tiene tantos problemas. Las restricciones y limitaciones impuestas no resultan un impedimento para ella. Las cuatro paredes de David O. Russell, llena de constantes cambios de tono y dibujada con pinturas de una calidad cuestionable que van deshaciéndose tanto en el muro como en nuestra memoria, ofrece simplemente otro escenario para que la actriz vuelva a explotar su talento en otra gran actuación. La casa del cineasta, un nuevo trabajo que vuelve a unir a Lawrence y Russell por tercera vez (una colaboración beneficiosa, la primera para lucirse y el segundo para usar a la primera como salvavidas), es agradable a la vista y al oído, no molesta y es ligera. Como un anuncio de teletienda, y como bien señala el personaje de Bradley Cooper, no influye en demasía la cara bonita, ni el maquillaje, ni las luces al vender tu producto, sino lo qué haces con las manos, la forma de mostrar el objeto deseado a la audiencia. Por suerte para ‘Joy’, su estrella televisiva luce bien de cara a la galería y también sabe qué hacer con el material, pues ella es quien lleva el peso de un relato sobre un éxito tan cotidiano como extravagante.

Pero lo cierto es que los demás elementos de este pequeño circo, que va dando tumbos entre la parodia, el drama y la teatralidad, son acertados en su individualidad, aunque no así en la torpeza narrativa de un guion que no sabe qué teclas apretar. Un aspecto que afecta a un desarrollo que avanza a saltos y trompicones, sin mucha claridad, y que deja a una Jennifer Lawrence sola ante las cámaras, dejándonos su actuación más sutil en toda su carrera y siendo, obviamente, el anuncio más destacado de este entretenido, aunque vacuo producto.